*Visitar el Parque Juárez y el Palacio Legislativo es leer la historia de Tlaxcala escrita en piedra, bronce y vidrio; es entender cómo un pueblo ha utilizado el arte público para construir un diálogo permanente de su pasado prehispánico
Beto Pérez
Tlaxcala, Tlax.- El punto de partida es un espacio verde y sereno que se abre frente al recinto del Poder Legislativo. El Parque Benito Juárez es más que un área de esparcimiento, es una declaración de principios.
En su centro, una imponente escultura de bronce del Benemérito de las Américas, con el brazo extendido, parece señalar un horizonte de progreso y legalidad. Su figura, anclada en la historia del siglo XIX, evoca las Leyes de Reforma y la consolidación de la república laica y federal. Colocar su efigie aquí, en diálogo directo con el palacio donde se debaten y aprueban las leyes del presente, es un recordatorio constante de los cimientos sobre los que se construyó el México moderno.
Alrededor del prócer, el parque se puebla de otros símbolos. Una fuente resguarda una poderosa escultura del águila real devorando a la serpiente, el emblema fundacional de la nación, tallada en la cantera rosada característica de la región.
Más allá, esculturas de corte moderno rompen con la narrativa histórica, sugiriendo que la cultura y la identidad siguen en constante evolución. Este jardín, con sus altos cipreses y su atmósfera tranquila, funciona como el preámbulo público del solemne acto de gobernar que ocurre al otro lado de la calle.
Cruzar hacia el Palacio Legislativo es entrar en otra dimensión de la narrativa tlaxcalteca. El edificio, con sus arcadas y su elegante herrería, acoge al visitante en un vestíbulo donde las paredes hablan. En lugar de decoraciones meramente ornamentales, los muros están cubiertos por vastos murales que funcionan como un mapa heráldico del estado.
En un gran panel, se despliegan los escudos de armas de cada uno de los municipios de Tlaxcala, un recordatorio visual de que el poder legislativo emana de la representación de todas y cada una de esas comunidades. Es la federalización llevada al arte, un manifiesto de unidad en la diversidad.
Otro mural, con un estilo que evoca los códices antiguos, presenta a los cuatro señoríos prehispánicos: Ocotelulco, Quiahuixtlán, Tepeticpac y Tizatlán. Esta pieza establece una línea de continuidad directa entre la organización política precolombina y el estado contemporáneo, argumentando que la Tlaxcala de hoy es heredera de una tradición de gobierno milenaria.
Pero es en el patio central donde el discurso histórico y político alcanza su cénit. Al levantar la vista, el visitante se encuentra con una sobrecogedora bóveda de luz y color: un monumental plafón de vitral de 120 metros cuadrados que corona el espacio. Realizada por el arquitecto Ricardo Lemus Kourchenko en 1998, esta obra maestra no es un simple adorno, sino el testamento simbólico de Tlaxcala.
El vitral es un cosmos de significados. En su corazón, un sol radiante de vidrios rojos y amarillos irradia energía, y frente a él, el glifo que representa a Tlaxcala, el lugar de la tortilla o del pan de maíz. Este núcleo simboliza la vida y la identidad esencial del pueblo.
Alrededor, la composición se organiza en un complejo entramado que narra la fundación y la cosmovisión del estado. La greca que enmarca toda la pieza está tomada directamente de los murales del sitio arqueológico de Cacaxtla, enraizando esta obra moderna en el pasado más profundo de la región.
En la bóveda central, como si observaran desde un cielo de cristal, quedan inscritos los cuatro grandes reyes tlaxcaltecas: Maxixcatzin, Tlehuexolotzin, Citlalpopocatzin y Xicohténcatl, cada uno acompañado de su escudo de armas. Su presencia espectral sobre el patio donde transitan los legisladores actuales es una poderosa metáfora: el gobierno del presente se ejerce bajo la mirada de sus ancestros fundadores.
En los cuatro extremos del vitral, símbolos prehispánicos representan los cuatro elementos —fuego, aire, agua y tierra—, completando una visión holística del universo que regía la vida de los antiguos tlaxcaltecas.
La luz que se filtra a través de los miles de fragmentos de vidrio baña el patio en tonos azules, verdes y dorados, transformando el espacio físico en un lugar sagrado. Estar de pie bajo este dosel de cristal es comprender que, para Tlaxcala, la ley no es un concepto abstracto y frío. Es una entidad viva, imbuida de historia, mito y una profunda conexión con la tierra y sus antepasados.










